Cuaderno de bitácora 16/9

Incluso el diccionario de la Real Academia Española define la palabra hermandad de un forma muy limitada: ”Cofradía o congregación de devotos”. Todos sabemos, al menos en Sevilla, que el concepto hermandad no coincide exactamente con el de cofradía. Este último es más reducido. En cualquier caso, se trata de una asociación de fieles con unos fines religiosos, que conlleva también unos objetivos de solidaridad y ayuda social. De un tiempo a esta parte la estructura de funcionamiento de la hermandades, bien sean de gloria, sacramentales o penitenciales, se ha ido complicando de una manera exponencial hasta el punto en el que lo que era esencial se ha terminado convirtiendo en accesorio, creándose un lenguaje en consonancia mucho mas técnico  y a su vez engañoso.

Se está vendiendo la idea que una hermandad es una empresa, y como tal ha de ser gestionada, lo que no deja de ser una falacia, al menos en parte. Nos olvidamos que toda empresa ha de buscar por definición un beneficio económico, mientras que una hermandad lo único que ha de buscar es un equilibrio económico para conseguir sus fines espirituales. Que la gestión de un patrimonio exige una profesionalidad mínima es evidente, que se recurra por sistema a la sospecha del funcionamiento del sistema es inútil. Muchas empresas basan sus actuaciones en sistemas de control constantes basados en la desconfianza de las personas que trabajan en ellas. Han inventado la palabra mágica: “transparencia” y se utiliza sin saber que existen otras mucho más acordes con una asociación de fieles. Ni los economistas son la panacea, ni el descontrol es la generalidad. Una cosa es una junta de gobierno de una hermandad y otra muy distinta es el consejo de administración de una empresa. Sería bueno no olvidarlo.  

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